
EE.UU. pone USD 2.000 millones en computación cuantica y no disimula su apuesta
Redacción MBA
Una carta de intención por USD 1.000 millones para una nueva fábrica de chips cuánticos no suena a gesto menor. Suena, más bien, a una señal de época. IBM y el Departamento de Comercio de Estados Unidos anunciaron la creación proyectada de Anderon, una compañía separada con sede en Albany, Nueva York, que operaría como el primer foundry cuántico “pure-play” del país sobre obleas de 300 milímetros, con otros USD 1.000 millones aportados por IBM entre efectivo, propiedad intelectual, activos y personal especializado. El dato más interesante no es solo la magnitud del cheque: es que la apuesta forma parte de un paquete más amplio de USD 2.013 millones para nueve actores del sector, con participaciones accionarias federales incluidas.
Un foundry para una industria que todavía busca escala
La novedad de Anderon no pasa únicamente por sumar capacidad fabril. Pasa por separar manufactura y diseño en un campo donde casi todos todavía hacen ambas cosas a la vez, con procesos artesanales, escalas limitadas y una dependencia fuerte de know-how interno. IBM dice que el nuevo vehículo fabricará primero obleas para qubits superconductores y la electrónica asociada, con la intención de expandirse después a otras modalidades cuánticas. Ese detalle importa porque el cuello de botella de la computación cuántica ya no es solo científico; también es industrial. Convertir prototipos en procesos repetibles, con testeo en línea, kits de diseño y rutas de producción estables, es el paso que separa la promesa de laboratorio del negocio real.
Hay una analogía útil: durante décadas, la industria clásica del chip creció cuando el foundry dejó de ser un taller propio de cada empresa y se convirtió en infraestructura compartida. IBM intenta replicar algo de esa lógica en quantum, aunque en una fase mucho más temprana. Según su anuncio, Anderon aspira a ofrecer procesos avanzados sobre 300 mm, incluyendo cableado superconductor, through-silicon vias y bumps, además de caracterización de obleas e iteración rápida. No es todavía la “TSMC cuántica”, pero sí un intento de construir el tipo de plataforma industrial que hoy la mayoría del sector no tiene.


Subsidio, sí; pero con acciones
El aspecto políticamente más novedoso del paquete no es la ayuda pública, sino su formato. El Departamento de Comercio firmó nueve cartas de intención por USD 2.013 millones y, según varios reportes, obtendrá participaciones accionarias minoritarias y no controlantes en las firmas beneficiadas. Es un giro relevante para una tradición estadounidense que suele preferir subsidios, créditos fiscales o contratos de defensa antes que entrar directo al cap table.
La lista de beneficiarios muestra, además, una estrategia de cartera. IBM aparece como el receptor principal con USD 1.000 millones; GlobalFoundries recibiría USD 375 millones para componentes vinculados a distintas arquitecturas cuánticas; D-Wave, Rigetti, Infleqtion y PsiQuantum figuran entre los adjudicatarios de alrededor de USD 100 millones cada uno, mientras Diraq obtendría hasta USD 38 millones. El mensaje es doble: Washington no quiere apostar a una sola tecnología y tampoco quiere regalar dinero sin capturar parte de la eventual valorización futura. En otras palabras, la política industrial se parece cada vez menos a una exención impositiva y cada vez más a un portafolio de riesgo con objetivos geopolíticos.
La lógica geopolítica detrás del anuncio
El comunicado oficial enmarca la inversión como un movimiento para asegurar “liderazgo global”, fortalecer resiliencia tecnológica y apuntalar seguridad nacional. Esa retórica puede sonar previsible, pero no es decorativa. La computación cuántica se juega en terrenos sensibles: defensa, materiales avanzados, química, optimización energética, biotecnología y, sobre todo, criptografía. Si la inteligencia artificial ya empujó a los gobiernos a pensar en infraestructura crítica, la cadena cuántica lleva esa lógica un paso más allá porque mezcla capacidad de cómputo, propiedad intelectual, fabricación avanzada y control de suministros.
Conviene detenerse en otro punto: el dinero proviene de la CHIPS and Science Act aprobada en 2022, pero su instrumentación actual quedó en manos de la administración Trump, que la está usando para profundizar una política más intervencionista y explícitamente orientada a competir con China. Hay una paradoja en el centro de esto. El país que hizo bandera del libre mercado en semiconductores ahora acepta que, para no perder la próxima plataforma informática, necesita subsidios, apuestas accionariales y selección estatal de ganadores potenciales.
IBM busca ventaja antes del salto comercial
IBM no llega a este anuncio desde cero. La compañía sostuvo que ya desplegó más de 90 sistemas cuánticos y que trabaja con una red de más de 325 empresas, startups, universidades y organismos públicos que usan su flota para experimentación en química, biología y materiales. También viene de reforzar públicamente su hoja de ruta hacia una computadora cuántica tolerante a fallos: en 2025 detalló un plan para llegar a un sistema llamado Starling, con 200 qubits lógicos y 100 millones de operaciones lógicas hacia 2028, y acceso comercial en 2029.
Ese calendario ayuda a entender por qué el foundry importa tanto para IBM. La carrera cuántica suele narrarse como una competencia de papers, qubits o corrección de errores, pero el próximo filtro puede estar en producción avanzada. No alcanza con demostrar que una arquitectura funciona; hay que fabricarla con rendimiento, repetibilidad y costos que permitan crecer. El anuncio de Anderon sugiere que IBM cree tener ventaja no solo en ciencia de qubits, sino también en proceso fabril. Y al separar esa capacidad en una firma que promete atender a múltiples proveedores, intenta además ocupar un lugar más estructural: ser infraestructura del sector, no solo un jugador del sector.
El riesgo de anunciar más de lo que existe
El matiz importa porque, por ahora, no hay adjudicación definitiva. Tanto IBM como otros reportes remarcan que se trata de cartas de intención no vinculantes, sujetas a documentos finales, hitos y condiciones todavía no reveladas por completo. Tampoco se conocen en detalle los términos de valuación, el porcentaje exacto de las participaciones estatales en cada caso o el cronograma exhaustivo de desembolsos. En una industria habituada a vender futuro, esa opacidad no es un detalle menor.
También hay un riesgo más estructural. Si el Estado entra demasiado temprano y con criterios poco transparentes, puede terminar consolidando narrativas tecnológicas antes de que exista validación industrial suficiente. Pero si entra demasiado tarde, la fabricación, el talento y la propiedad intelectual pueden emigrar o concentrarse en pocos polos privados. La apuesta cuántica de Washington expone esa tensión sin resolverla del todo: intervenir para crear mercado sin fingir que el mercado ya existe.
Estados Unidos decidió que la computación cuántica ya no es solo una promesa científica, sino una pieza de política industrial, seguridad y competencia global. La pregunta menos obvia ya no es quién tendrá la mejor máquina, sino quién va a controlar las fábricas, el estándar y la renta de una tecnología que todavía ni siquiera llegó a su madurez comercial.




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