
La nueva geopolítica energética y el costo de la transición verde
Redacción MBA
La perspectiva energética global ha experimentado una transformación radical en los últimos diez años. Mientras las energías renovables conquistan nuevos territorios con costos cada vez más competitivos, la realidad del sistema energético mundial revela una paradoja incómoda: la transición hacia un futuro descarbonizado avanza, pero no a la velocidad necesaria para cumplir los objetivos climáticos más ambiciosos. El informe Global Energy Perspective 2025 de McKinsey marca el décimo aniversario de esta perspectiva con un mensaje inequívoco que desafía las narrativas más optimistas sobre la transición energética.​
Los datos son contundentes y revelan una brecha creciente entre las aspiraciones climáticas y la realidad económica. Las emisiones globales alcanzaron niveles récord durante el último año, ampliando la distancia entre los escenarios modelados y la trayectoria necesaria para limitar el calentamiento global a 1,5°C por encima de los niveles preindustriales, uno de los objetivos centrales del Acuerdo de París. Esta realidad se refleja en las proyecciones de temperatura: el escenario de Transformación Sostenible prevé un aumento de 1,9°C para 2100, el de Impulso Continuo anticipa 2,3°C, y el de Evolución Lenta proyecta 2,7°C. Estas estimaciones superan cualquier proyección anterior, y todas han aumentado aproximadamente 0,1°C en comparación con la perspectiva de 2024.​
La difícil ecuación entre costo, seguridad y emisiones
El informe describe una triada que domina las decisiones energéticas globales: asequibilidad, confiabilidad y reducción de emisiones. Sin el primer componente —el costo accesible— los otros dos se vuelven inviables. Los países pueden declarar metas ambiciosas de descarbonización, pero sin financiamiento consistente y políticas pragmáticas, gran parte de la transición se estanca en el papel. El resultado es una tensión permanente entre la urgencia climática y la inercia económica. La energía limpia no será adoptada a gran escala si no logra ser rentable frente a los combustibles fósiles. Esto obliga a gobiernos y empresas a equilibrar prioridades para no sacrificar la estabilidad social ni el acceso energético universal.
Un mundo desigual en la transición
A diferencia de la narrativa global de una "revolución verde" uniforme, McKinsey advierte que cada región seguirá un camino distinto. China lidera la electrificación, combinando inversión pública masiva y control estatal de los sectores estratégicos. En cambio, América del Norte y Europa avanzan impulsados por demandas del mercado y políticas regulatorias, mientras India y América Latina se debaten entre la necesidad de desarrollo económico y la presión climática internacional. Esta diversidad geopolítica y económica convierte la transición energética en un mapa multipolar, donde intereses, capacidades y desigualdades moldean el ritmo del cambio.
El futuro dominado por el gas y los renovables variables
Pese al auge solar y eólico, los combustibles fósiles retendrán una porción significativa del mix energético más allá de 2050. El gas natural, en particular, gana protagonismo como “combustible puente”, desplazando fuentes más contaminantes como el carbón, aunque manteniendo la dependencia del carbono. Las renovables variables —sol y viento— seguirán creciendo, pero enfrentan límites técnicos y financieros que impiden su despliegue total sin respaldo de almacenamiento y generación firme. Esta paradoja técnica y económica subraya que la transición no es un cambio radical, sino una adaptación gradual del sistema energético global.
La promesa pendiente de los combustibles alternativos
Los combustibles verdes, incluidos el hidrógeno y los biocombustibles sostenibles, no alcanzarán adopción masiva antes de 2040 salvo que existan mandatos regulatorios o subsidios significativos. La economía real impone su regla: mientras producir energía limpia cueste más que quemar gas o carbón, el cambio será parcial. Paradójicamente, la transición depende menos de descubrir nuevas tecnologías y más de dotarlas de un modelo de negocios viable. Esto pone en evidencia la urgencia de políticas públicas integrales que incentiven inversiones y reduzcan costos para acelerar el proceso.
El auge silencioso de los centros de datos
Un dato revelador del informe es el impacto del consumo eléctrico de la inteligencia artificial y los centros de datos, especialmente en países de la OCDE. El crecimiento exponencial de la demanda digital impulsa nuevos picos energéticos. Lo que antes era una cuestión marginal de eficiencia tecnológica se transforma en un desafío estructural: alimentar la infraestructura que sostiene la economía digital sin volverse rehén del carbono. Este fenómeno obliga a repensar la planificación energética en un mundo cada vez más digitalizado y dependiente de tecnologías intensivas en energía.
Energía firme: el renacer de lo nuclear y geotérmico
Lejos del debate ideológico, McKinsey señala el resurgimiento de la energía nuclear, junto con fuentes firmes como la geotermia y la hidroeléctrica. En un sistema dominado por intermitencia solar y eólica, las tecnologías capaces de suministrar electricidad constante sin emisiones se vuelven esenciales. La próxima década verá un retorno pragmático hacia lo nuclear modular y soluciones combinadas de almacenamiento y redes inteligentes, consolidando estas fuentes como pilares para garantizar estabilidad y sostenibilidad energética a largo plazo.
Mirar el sistema completo, no sus partes
El informe propone una idea provocadora: tal vez sea más rentable destinar inversiones a descarbonizar industrias intensivas, como acero o transporte pesado, en lugar de insistir en reducir hasta el último punto de carbono del sistema eléctrico. Esa visión “sistémica” podría acelerar el cumplimiento de las metas del Acuerdo de París sin disparar los costos de la transición. Es un recordatorio de que la energía no es un sector aislado, sino el núcleo que conecta toda la economía global, donde decisiones integradas son claves para un futuro sostenible.
Entre la urgencia y la realidad
Diez años después de su primer informe, McKinsey dibuja un panorama más maduro y menos idealista de la transición energética: la urgencia climática sigue intacta, pero el trayecto es más complejo y desigual. Las emisiones globales alcanzaron récords en 2024 y, bajo los escenarios actuales, el aumento de temperatura para 2100 oscilará entre 1,9 °C y 2,7 °C, superando los límites seguros del Acuerdo de París. La historia energética del siglo XXI no se escribirá con un solo modelo, sino con una red de compromisos, renuncias y adaptaciones que deben sostenerse en el tiempo, en un delicado equilibrio entre pragmatismo y necesidad urgente.


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